Arrinconada, tirada en el piso y ahogada por un olor nauseabundo; olor a humedad, paredes casi podridas, descascaradas, olor a tristeza, olor a muerte. Era un ente ahora, quieta, sucia y desolada, sobre esas cuatro paredes que se le venían encima, para derrocarla, para eliminarla.
Se dio cuenta que la vida es un juego, y por mas que en ese juego había quedado al final, todavía no había perdido. Es cierto, las apariencias engañan, parecía loca y totalmente entregada a ser descalificada. Pero por dentro, la sangre que corría en sus venas era todo poderosa, más roja y más potente que nunca. Su corazón bombeaba tanto que tenia miedo de explotar. Pero mejor era morir con el corazón revolucionado que quieto y sin movimiento.
Estaba lejos de sus amores, de esas cuatro vidas que eran su vida. Estaba en la nada, en un lugar desconocido y feo. A pesar de su fortaleza, tenia mucho miedo, de perderlos, de no verlos nunca mas, y no poder compartir jamás su vida junto a la de ellos.
Su alma era una ida y venida constante de los mas diversos sentimientos, positivos y negativos. Su cabeza era un vaivén de recuerdos e imágenes. Eso era lo que no la hacia sentir vencida. Su cuerpo lastimado, heridas abiertas; marcas en la piel que además de notarse por fuera estaban muy en su interior.
Tal vez cuando uno se encuentra en esas condiciones, es cuando valora al máximo cada palabra y caricia.
En ciertos momentos, en los más crueles, tenebrosos o solitarios, ella sentía una brisa que le rozaba cada parte de su cuerpo, y más hermoso era, que le penetraba en la piel, y la invadía toda.
En esos momentos, todo se volvía mágico, en ese mundo de tinieblas. En ese mundo vació y pero a la vez tan lleno. Lleno de desgracias, de injusticias. Vació de sentimientos, de dignidad.
Gracias a esa brisa, ella podía volar por los aires, o traer a su mente sensaciones vividas. Su cuerpo llegaba a estremecerse y a engordarse de amor.
Lo extrañaba tanto a el. Había una conexión que de alguna manera los unía. Cuando ella lloraba, tenía la certeza de que a él algo malo le ocurría. Ese amor los hacia mas fuertes, y les formaba un armadura, para seguir luchando y ganar la guerra de la lejanía.
El amor, los llenaba de paz, esa paz inmensamente abstracta y utópica. Tan solo al soñar con sus labios sentía que esa paz la cubría.
Mirando las paredes, colmadas de manchas de humedad, creaba con su mente y su visión obras de arte con ellas.
Muchos sentimientos se mezclaban entre si, enloqueciéndola y dejándola sin habla, nula, o por el contrario con un ataque de ansiedad intenso que la mataba. Sus piernas tiritaban, sus manos temblaban, creía que lo poco que le quedaba de piel terminaría despellejándose por completo, la cabeza le daba vueltas y vueltas; todo era raro, el dolor que la hacia agonizar y el amor que la paraba nuevamente en tierra para no aflojar.
Había perdido la noción del tiempo, los días se le hacían años, las noches siglos. Las siestas doradas se asomaban por una ventana de unos pocos centímetros, y aunque pareciera escaso, le irradiaba calor y un rayito de luz que le daba brillo a sus ojos.
A pesar de ciertas pequeñas cosas, el lugar donde estaba, era un tenebroso infierno, que volteaba al piso todos aquellos “pecadores”, los pisoteaba, los aplastaba, los intoxicaba; simplemente por no haber estado de acuerdo con esa maléfica doctrina. Ese si que había sido el peor de los pecados imperdonable. Y esa famosa doctrina realmente serviría de destrucción total. De igual modo, quedaron miles de almas destruidas, de cuerpos, de PERSONAS.
Los que murieron, no volvieron mas, se esfumaron. Los que desaparecieron… ¿Adonde estarán?, ¿en algún cráter de la luna, bajo la tierra, en las raíces de los árboles, en el fondo del mar, en el aroma de la lavanda? Y los que volvieron, vinieron para quedarse y para no ser derrotados NUNCA MÁS.